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Redactor : Invitado Last Updated: Mar 12, 2012 - 8:56:53 PM


Recordando a Robinson Pitalúa Tamara...
Por Jaime Castro Núñez
May 23, 2008 - 10:40:59 AM

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La que voy a narrar a continuación es una historia vibrante. Y triste, al mismo tiempo.   Es la historia de Robinson Pitalúa, un ser humano excepcional que se tropezó con el boxeo a muy temprana edad.   Pero también es la historia de una familia y de un pueblo que gritó con sus triunfos y lloró con su única derrota.   La historia me la se casi de memoria porque la viví cuando era un niño, pero muchos detalles los conozco gracias a los momentos que he invertido con sus familiares a recordar su vida.   La última vez que hablé con alguno de ellos fue con su hermana Maria del Rosario, poco después del día que la curiosidad la llevó a rebuscar entre los papeles viejos del hermano.   Metía las manos entre su ropa, cuando de repente salto algo.   Era su billetera.   “Mi pobre hermanito”, dijo después de haberla esculcado.

 

Hijo de Rafael Pitalúa y María Elena Támara, Robinson nació en Montería el 3 de septiembre de 1964.   Empezó a boxear a los 12 años, guiado por sus hermanos Zenón Vellojín Támara y José María Pitalúa, quienes gastaban la mayor parte del tiempo practicando boxeo.   Lo de Zenón no era un capricho, sino una pasión.   Era hábil, técnico, calmado para pelear y con un potente juego de manos.   En su época de esplendor fue conocido como “El Monzón Colombiano”.   José María tenia su estilo y alguna técnica, pero su mayor capital eran las ganas de salir adelante en el arte de fistiana.

 

Durante la década del setenta Zenón y José María no tuvieron otro pasatiempo más divertido que hablar de boxeo.   Se levantaban con los primeros rayos de la luz del box, almorzaban rebanadas de ganchos al plexo solar y en la noche se acostaban bajo la luz intensa de una luna en cuarto men-guante.   Emocionado por las conversaciones de sus hermanos, Robinson decidió acompañarlos a los entrenamientos a servirles de utilero.   Cuando se tuvo confianza, empezó a corregirlos: “hey, Zenón, sube más las manos que te van a noquear”.   “José María, muévete más, te veo muy quieto”.   Herido en su orgullo de hermano mayor, Zenón replicó: “Robinson, ¿cómo es que tú me vas a corregir, ah?   Tú nunca has practicado boxeo y como así que me vienes a decir que suba las manos, no, no me digas eso, cálmate”.

 

El muchachito se volvió tan intenso, que Zenón y José María decidieron inscribirlo en el Club de Boxeo Las Águilas, dirigido por el ex-boxeador Pedro Vanegas.   Pero si Zenón y José María le acolitaban la fiebre boxeril, en casa el asunto no era color de rosa.   Su padre fue el primero en poner el grito en el cielo. “¿Cómo así que usted esta boxeando ah?   Nada de eso, a mi no me gusta que usted sea boxeador, ese es un deporte muy duro, para negros, en cambio tú, Robinson, carajo, eres un muchacho blanco, simpático, buena presencia, usted tiene es que estudiar, mijo, prepararse para que no le toque duro en la vida.

 

De 1976 a 1980 don Rafael y doña Maria Elena trataron de disuadir a su hijo.   Lo atacaban por todos los flancos, pero Robinson seguía asistiendo al gimnasio.   A finales de la década del setenta sucedió trascendental en su carrera.   Su hermano José María recibió una paliza a manos de un experto rival.   Cuando llegaron a casa, el padre le advirtió: “¿Ya viste Robinson como quedan los boxeadores?   Si tú sigues boxeando te van a destruir la ñata como a tu hermano”.   Robinson respondió: “Lo que pasa papá es que ni Zenón ni José María sirven para eso.   El campeón de la familia voy a ser yo.”

 

Y se propuso ser campeón mundial.   En septiembre de 1978 sucedió otro evento inesperado.   Su hermano Rubén Darío, cuyo sueño era convertirse en el médico más respetado de Colombia, pereció trágicamente.   Adolorido, Robinson Pitalúa juró ante el cadáver de su hermano seguir sus pasos estudiando medicina.   La promesa no fue en vano.   En las mañanas asistía al colegio y en las tardes al gimnasio.   Aún con el malestar de sus padres, él seguía con sus sueños de ser campeón.   Y médico, después de conquistar el cinturón.   En 1980 la Liga de Boxeo de Risaralda organizó un torneo para pegadores juveniles, al que Robinson fue invitado.   Entonces apareció otro escollo.   Su papá no quería darle permiso para viajar.   Después de muchos esfuerzos, lo dejó ir.   A la semana siguiente, Robinson Pitalúa se presentó en casa con sus primeras medallas.

 

En diciembre de 1980 se coronó campeón nacional gallo en los XI Juegos Deportivos Nacionales realizados en Neiva.   Además, fue declarado el boxeador más técnico del certamen.   De 1981 a 1984 cosechó medallas en casi todos los torneos nacionales e internacionales en los que participo.   Entre los logros más importantes están: plata en los IX Juegos Bolivarianos de 1981; noveno en el III Campeonato Mundial de Munich en 1982; oro en el Torneo Intercontinental realizado en Colorado Springs; plata en el II Campeonato Suramericano de Boxeo de 1983; bronce en los IX Juegos Deportivos Panamericanos de Caracas; campeón nacional en 1981, 1982 y 1984; oro en el Festival Olímpico de México en 1984 y quinto en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles, luego de haber perdido controversialmente ante el italiano Maurizio Stecca.   A partir de entonces, no dejó de soñar con volverse a medir ante a Stecca en la rama profesional.   “Maurizio Stecca no me ganó.   Esa pelea me la robaron.   Algún día me vuelvo a encontrar con Stecca sobre el ring y ya verán”.   Su récord amateur fue 83-12-0.

 

Después de su participación en Los Ángeles 84, decidió saltar al profesionalismo.   Anunció su decisión el 3 de septiembre de 1984, el día en que cumplió veinte años.   Debutó el 23 de noviembre de 1984 en el Estadio 18 de Junio de Montería ante el cartagenero Manuel Mendoza.   Lo despachó en el segundo asalto con un gancho de izquierda.   Después derrotó a Ricardo José Salazar, Manuel Zalguedo y Luís Berrío.   Esta serie de triunfos llamaron la atención de los empresarios Tuto Zabala, Jairo Espinosa y Chiche Godoy, quienes se lo llevaron para Miami en julio de 1985, donde se puso a disposición del entrenador argentino Amilcar Brusa. Iba a hacer su debut norteamericano en la pelea mundialista entre Daniel Zaragoza y Miguel Lora, pero se enfermó y no apareció sino hasta el 23 de agosto frente al nicaragüense Mauricio “Cocoa” Guadamuz, a quien anestesió al 1:23 del segundo asalto.   Un mes después, el 20 de septiembre de 1985, realizó su sexto combate profesional frente al puertorriqueño Julio César “Tarzán” González, a quien le ganó por decisión en seis asaltos.

 

Dos días después de su triunfo ante “Tarzán” González decidió irse a pescar con un amigo a un lago artificial ubicado en la parte trasera del apartamento donde vivía.   Se embarcaron en un botecito de hule y, a unos 25 metros de la orilla, Robinson se lanzó a nadar.   Fue la última vez que lo vieron con vida.   Entonces empezaron a buscarlo, primero en los alrededores del lago, después en la casa y más tarde en el vecindario, pero no apareció sino hasta el día siguiente, cuando los buzos de la policía de Miami lo rescataron del fondo del lago.   En Montería la noticia parecía demasiado cruel, y trágica, y despiadada para ser verdad.   Apenas hacía dos noches la ciudad había llorado de emoción con su victoria y ahora lloraba de dolor.   A su muerte, Amilcar Brusa dijo: “Robinson Pitalúa era el muchacho más disciplinado y prometedor que ha pasado por mis manos”.

 

Su cadáver fue embalsamado en la funeraria Caballero de Miami y enviado a Bogotá el miércoles 25 de septiembre, donde lo recogió su hermano Zenón.   Al día siguiente, el jueves 26 de septiembre, sus despojos mortales arribaron a Montería.   Incrédulos por lo que todavía parecía una broma pesada, los monterianos se aglomeraron en el aeropuerto Los Garzones para recibirlo.   Los cálculos más modestos hablan de 60.000 personas acompañándolo a su última morada, el cementerio Jardines de la Esperanza.

 

El 22 de septiembre de 2008 se cumplirán 23 años de este lamentable suceso.   Mirado a la distancia de 20 años, sus padres, sus familiares y su novia hablan de todo aquello con la voz firme y los ojos desprovistos de lágrimas.   El tiempo ya sanó aquella herida tan honda.   Don Rafael, su padre, dice que a Robinson hay que recordarlo con alegría por las grandes satisfacciones que nos dio.   Su madre, doña Maria Elena, el otro día vio a un boxeador que no lograba acabar con su rival.   Entusiasmada, preguntó: “¿y ese muchacho por qué no hace como hacia Robinson?”.   Sus hermanos lo recuerdan como el más noble de todos.   Su novia de ese entonces, Amparo Acosta Morales, dice que Robinson sigue vivo en su corazón.   Y Montería todavía sigue lamentando esa temprana desaparición.

 

El año pasado su hermana Maria del Rosario, escarbando entre los papeles viejos del hermano fallecido, encontró su billetera.   Se puso a revisarla y encontró un papelito verde.   Lo sacó.   Leyó: “Tuto Enterprises”.   Entonces comprendió que era un cheque que Tuto Zabala había colocado en la billetera del hermano.   En la angustia del entierro y el dolor por aquella partida inesperada, nadie nunca esculcó la billetera, por lo que el cheque permaneció en su sitio sin ser descubierto.   María del Rosario se quedó pensativa.   “Mi pobre hermanito”, suspiró, mientras una lágrima se deslizaba por sus mejillas.


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