
¿Nos están reprogramando el cerebro? La emergencia silenciosa del “brain rot” digital
Ludo Sáenz Lorenzo-LuacesVivimos en una era donde la atención se ha convertido en el recurso más valioso del planeta. Más valioso que el petróleo. Más disputado que el oro. Y lo más alarmante: lo estamos regalando gratis.

El debate sobre el impacto de las redes sociales ya no es nuevo. Durante años se habló de ansiedad, depresión y comparación social. Pero hoy la discusión ha evolucionado hacia algo más profundo y más preocupante: la destrucción sistemática de la capacidad de atención humana.
El psicólogo social Jonathan Haidt, autor de The Anxious Generation, sostiene que subestimamos el daño. No se trata solo de salud mental; se trata de la transformación de la cognición humana a escala global. Y eso cambia todo.
El verdadero problema no es la ansiedad: es la atención
Durante años, la conversación giró en torno a la depresión adolescente. Pero el núcleo del problema podría ser más estructural: estamos perdiendo la capacidad de concentrarnos durante más de unos pocos minutos.
Las plataformas han migrado hacia el formato más adictivo posible: videos cortos, scroll infinito, recompensas variables. No es casualidad. Es diseño conductual.
Los mecanismos que utilizan no son nuevos. Se basan en principios conductistas estudiados desde hace décadas: estímulo-respuesta, recompensa intermitente, dopamina. Cada deslizamiento hacia abajo es equivalente a accionar una máquina tragamonedas.
No estamos “perdiendo el tiempo”. Estamos entrenando al cerebro a necesitar estimulación constante.
Neuroplasticidad: cuando el cerebro se adapta… para mal
La neuroplasticidad significa que el cerebro cambia según lo que hacemos repetidamente. Si entrenamos enfoque profundo, fortalecemos la corteza prefrontal (planificación, control de impulsos, pensamiento estratégico). Si entrenamos micro-recompensas constantes, fortalecemos el circuito de recompensa inmediata.
La médica y profesora de Harvard, Dr. Aditi Nerurkar, explica que el uso intensivo de videos cortos activa la amígdala —nuestro centro de alerta y supervivencia— mientras debilita la función ejecutiva.
El resultado:
Más impulsividad
Menor tolerancia al aburrimiento
Mayor irritabilidad
Dificultad para resolver problemas complejos
Peor calidad de sueño
Esto no es teoría alarmista. En 2025, un meta-análisis de 71 estudios encontró asociación entre consumo intensivo de videos cortos y menor capacidad de pensamiento crítico y control de impulsos.
No es un problema individual: es estructural
Aquí es donde la discusión se vuelve incómoda.
Documentos internos revelados en litigios contra Meta muestran que ejecutivos comparaban Instagram con una droga. La lógica empresarial es clara: maximizar retención, maximizar tiempo en pantalla, maximizar ingresos publicitarios.
TikTok perfeccionó el algoritmo de retención con una agresividad sin precedentes. La variabilidad extrema en alcance demuestra que el algoritmo no prioriza seguidores, sino probabilidad de enganche inmediato.
Y mientras tanto, el modelo de negocio no castiga el daño cognitivo. Lo recompensa.
Cuando el 90% de la población exhibe un comportamiento adictivo, el problema no es falta de disciplina. Es diseño ambiental.
La infancia en riesgo
La advertencia más contundente es para niños y adolescentes: cero videos verticales cortos.
El desarrollo infantil requiere:
Interacciones cara a cara
Juego físico
Narrativas largas
Tolerancia al aburrimiento
Si sustituimos eso por scroll infinito, el cerebro aprende que la recompensa llega sin esfuerzo prolongado. Y eso altera la relación entre trabajo y satisfacción.
Lo más inquietante: muchos ejecutivos tecnológicos limitan el uso de dispositivos en sus propios hijos.
Eso debería bastarnos como señal.
El siguiente nivel: la IA y el hackeo del apego
Si las redes sociales secuestraron la atención, la inteligencia artificial podría secuestrar el apego.
Según datos citados por Harvard Business Review, uno de los principales usos de chatbots de IA es compañía y terapia emocional. Existen comunidades como “AI is my boyfriend” donde usuarios desarrollan vínculos afectivos con sistemas conversacionales.
El riesgo no es la tecnología en sí. Es la sustitución progresiva de relaciones humanas por vínculos diseñados para maximizar dependencia.
Cuando el apego se mercantiliza, entramos en territorio inexplorado.
¿Qué hacer? Radicalidad o límites inteligentes
Las recomendaciones más efectivas son simples, aunque incómodas:
Eliminar aplicaciones de video corto del teléfono.
Usarlas solo desde escritorio.
Activar modo escala de grises.
Mantener el teléfono fuera del alcance físico.
Practicar “detox digital” periódicos.
Un estudio citado mostró que solo dos semanas sin acceso a internet móvil mejoraron atención y bienestar en el 91% de los participantes.
El cerebro puede recuperarse. Pero necesita espacio.
El mito del “esto pasó con la TV”
La comparación con la televisión es engañosa. La TV no respondía a cada microconducta del usuario. No optimizaba cada segundo según vulnerabilidades individuales. No utilizaba inteligencia artificial para predecir qué te mantendría más tiempo cautivo.
Hoy no consumimos contenido. El contenido nos consume.
Reflexión final
No estamos ante una crisis moral. Estamos ante una crisis cognitiva.
Si la atención es el fundamento del pensamiento profundo, de la empatía, de la creatividad y del liderazgo, entonces estamos comprometiendo la infraestructura invisible de la civilización.
No se trata de demonizar la tecnología. Se trata de exigir responsabilidad en su diseño y recuperar agencia sobre nuestra mente. Porque sin atención sostenida, no hay pensamiento complejo.
Sin pensamiento complejo, no hay progreso. Y sin progreso consciente, solo queda automatización emocional.
La pregunta no es si las redes nos están cambiando. La pregunta es: ¿queremos seguir siendo reprogramados?


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